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La dinastía de mayor contundencia en muchos años

8 de Enero de 2019. A veces, en una sucesión de capítulos en torno a la misma historia, el público se cansa y pide otra cosa. La dinastía de mayor contundencia en muchos años. 

Cuéntenme entre aquellos que quisieran ver un quinto capítulo entre Alabama y Clemson para definir al campeón de la temporada del 2019, especialmente con los quarterbacks Tua Tagovailoa y Trevor Lawrence como los protagonistas principales.

Sé que estaré entre la minoría. En términos generales, la mayoría de comentarios que me han hecho son en el sentido de querer ver a otros equipos disputando el título universitario, particularmente dirigidos hacia Alabama.

Entiendo, pero no comparto.

Si se trata de encontrar al mejor equipo de una temporada, ¿por qué no incluir a la que podría convertirse en la dinastía más dominante de todos los tiempos, Alabama? Y en el mismo sentido, ¿por qué no incluir al equipo espejo del Tide y único entre los 129 programas restantes del FBS capaz, no solamente de superarlos, sino de dominarlos con una actuación perfecta, Clemson?

Si queremos a los mejores, Alabama y Clemson son los mejores, y el resto sigue muy lejos.

Al inicio de la temporada, la narrativa parecía ser la siguiente: Alabama era el claro favorito para llevarse el título, con Clemson como el único retador serio con posibilidades de arruinar su marcha hacia otro título.

Resulta que la narrativa era correcta. Por la mayor parte de la campaña, Alabama fue el equipo a vencer, con Clemson alzándose como el único programa que mostró consistentemente la capacidad de superar al Tide en un juego decisivo.

Programas como Notre Dame, Oklahoma, Georgia y el resto no lo hicieron mal, pero si somos sinceros, están lejos de construir aquello que Alabama y Clemson tienen en este momento. Con la excepción –quizás– de Ohio State, ningún otro programa se aproxima al nivel de talento que ha pasado por las filas del Tide y los Tigers en los últimos seis a ocho años.

Y Clemson, con un partido casi perfecto, entró al Levi’s Stadium con la determinación y convencimiento de superar al equipo que los echó el año pasado en la ronda semifinal.

De Lawrence, ya conocíamos su habilidad excepcional, pero no estábamos seguros de cómo reaccionaría en una situación de tanta presión, y ante un rival defensivo como nunca había enfrentado. Para un chico que apenas hace un año estaba jugado para su preparatoria, respondió de manera admirable. Lawrence completó 20 pases de 32 intentos para 347 yardas con tres touchdowns y cero intercepciones. Mostró una presencia envidiable en el bolsillo, y soportó el castigo cuando debió hacerlo, cada vez que los defensivos de ‘Bama lograban superar una protección de pase que, la verdad sea dicha, fue bastante buena durante la mayor parte de la velada.

Del corredor Travis Etienne, confirmamos una evolución notoria con respecto al duelo del año pasado, pasando de ser un corredor que basaba su juego en velocidad pura, a conseguir sobresalientes acarreos con base a poder, moviendo a los defensivos del Tide, como ocurrió en la primera de sus tres anotaciones del partido. Con sus 14 acarreos para 82 yardas y dos touchowns por tierra, acompañados por una recepción para 5 yardas y un tercer touchdown, Etienne cumplió su promesa de mejorar significativamente lo mostrado el año pasado ante el Tide.

De los receptores de Clemson, vimos lo mismo que vimos en predecesores del calibre de Sammy Watkins, DeAndre Hopkins, Martavis Bryant y Mike Williams, es decir, una capacidad de hacer jugadas explosivas en cualquier parte del campo y ante cualquier cobertura. Esta noche, elementos como Tee Higgins, y sobre todo Justyn Ross hicieron mucho por elevar sus bonos. Lo de Ross, con seis atrapadas para 153 yardas y una anotación, es particularmente dulce dado que proviene del estado de Alabama, donde era considerado uno de los reclutas más codiciados antes de elegir a los Tigers en lugar del Tide como su destino universitario.

De la defensiva de Clemson reafirmamos nuestra creencia de que nadie tiene más talento entre sus siete frontales en todo el país, pero también aprendimos que la secundaria no está tan lejos en términos de capacidad de conseguir las jugadas clave en los momentos críticos. Dos intercepciones a Tagovailoa –una de ellas devuelta para el touchdown en los primeros momentos del partido– sirven como prueba irrefutable. Christian Wilkins, Clelin Ferrell y compañía hicieron la vida imposible para Tugovailoa, con todo y que estaban jugando si su compañero Dexter Lawrence, determinado como inelegible por una sustancia prohibida en lso días previos al partido.

Para el inicio del cuarto periodo, cuando Jalen Hurts ingresó en lugar de Tagovailoa, era claro que algunos jugadores del Tide no tenían ya ganas de jugar. Después de todo, nunca habían sido derrotados con tanta claridad como universitarios.

Desde mi perspectiva, la distancia entre ambos programas es menor a la reflejada en el marcador final de esta noche. Sí, Clemson jugó un partido cercano a la perfección, como nos tuvo acostumbrados a lo largo de la mayor parte de la campaña. Pero Alabama jugó su peor partido de la última media década –a pesar de que probablemente llegó con más talento que los campeones del 2009, por ejemplo–, y lo pagó con una humillación en el escenario más grande e intimidante de todos.

Clemson ganó de manera más que merecida su segundo título nacional en tres años, y tercero en la historia del programa. Pero Alabama quedó a deber en ejecución, en presencia, y en seriedad para afrontar este compromiso. De cualquier manera, no creo que hubiera existido un mejor rival para los ahora campeones Tigers esta noche en Santa Clara.

Por eso, si Tide y Tigers mantienen este nivel en el 2019, estaré observando satisfecho un quinto capítulo de una rivalidad de antología.

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